1969
El trabajo no era nada del
otro mundo, solo otro tipo más que había cometido la estupidez de robarle a la
mafia. Se acercó a la casa, era la típica casa de los suburbios, con jardín y
espacioso patio trasero, dos niveles, amplias ventanas…
Pero había algo en la
escena que le traía vagos recuerdos que sabía por alguna razón dolorosos y por
lo tanto trató de evadirlos, decidió entrar por el patio trasero dejando su
automóvil en la parte posterior del bloque de casas, verificó su arma,
silenciador y cargadores, todo en orden…
La casa se veía
inocentemente tranquila a la luz del atardecer. Las bicicletas de los niños
tiradas al descuido en el jardín trasero, una de niño y una de niña, alguno que
otro juguete olvidado también en la prisa por entrar a cenar, en su mente algo
se retorcía cada vez más causándole oleadas de dolor casi físico. Se descubrió
respirando agitadamente, llevándose una mano al pecho, ¿Qué diablos le estaba
pasando? Pero él era más fuerte que eso. Terminaría el trabajo.
Abrió cuidadosamente la
puerta de la cocina y esta vez no pudo evitarlo, se quedó de una pieza
contemplando el lugar por demás vacío… Era idéntico… Cual corriente liberada de
una presa, los recuerdos corrieron libres como una película, nítida en detalles…
Cayó de rodillas a la vez que una voz en su cabeza decía “Es hora, recuerda”
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El día había sido caluroso
y presagiaba una noche igual. Los niños regresaban de dar una vuelta por el
vecindario para estrenar sus bicicletas nuevas, regalo de su papá, el niño se
sentía un poco nervioso pues desde hace algún tiempo había sentido una
presencia fuera de su ventana, la primera noche que pasó, se asustó tanto que
comenzó a llorar con fuerza, mamá y papá habían corrido a su habitación,
encendiendo la luz y consolándolo. Papá incluso abrió la ventana y revisó el
exterior para después asegurarle que no había nada ni nadie ahí. Mamá lo
arropó y ambos permanecieron a su lado hasta que pudo conciliar el sueño
nuevamente. Al otro día, a la luz del sol, todo parecía tan inofensivo que él
mismo -un poco avergonzado- tuvo que admitir que quizá estaba soñando. Cuando se asomó por la ventana
hacia el jardín solo le llamó la atención un montículo de césped que parecía
recién sembrado y que vagamente le hizo rememorar el día del funeral de la
abuela, más como cualquier niño, descartó ese pensamiento al recordar que mamá
había prometido darle una rebanada del pastel de chocolate que había preparado
para la cena.
Así pasaron los días,
hasta que una noche, nuevamente escuchó un leve movimiento de las ramas del
árbol que estaba fuera de su ventana. La noche era seca y calurosa, sin una
sola brisa que moviera los árboles… Entonces… ¿Qué había sido eso? Sin mover un
solo músculo, abrió los ojos lentamente y los dirigió a su ventana. ¡Ahí
estaba! Solo distinguía una silueta pequeña, como en cuclillas sobre la rama y
un par de ojos como brazas que le miraban atentamente, supo que “eso” sabía que estaba despierto, no
podía explicar cómo, pero lo sabía. Era como si a pesar de la oscuridad de su
habitación “eso” pudiera verlo
nítidamente.
Fue tanta su turbación que
no se atrevió ni a llorar, solo se mantuvo ahí, oculto bajo la endeble
protección de sus sábanas. Al amanecer, lo primero que hizo fue asomarse a ver
la rama frente a su ventana, un terror supersticioso lo recorrió de pies a
cabeza, había marcas en el tronco, marcas como si algo con garras se hubiera
posado sobre él, algo más llamó su atención, el montículo del jardín se había
cambiado de lugar, ahora se levantaba cerca de la barda del vecino, donde había
más sombra y era casi imperceptible, a menos que se mirara desde arriba como él
lo hacía.
No pudo explicarse por qué
no se lo dijo a nadie, simplemente se limitó a observar para si mismo. Solo una
preocupación mortificaba su mente, ¿“Eso”
estaría vigilando a su pequeña hermana también? Ivy era lo más preciado para
Souma y desde su nacimiento él se había autoproclamado su protector, como buen
hermano mayor. Se dirigió de inmediato al cuarto de Ivy, abrió la ventana y
casi se cayó al revisar el alfeizar por fuera, quedando más tranquilo al ver
que nada había pasado por ahí. Aun así, noche tras noche, “eso” seguía
volviendo a observarlo por las noches, llegó a ser tan de rutina, que cuando
dejó de suceder Souma se sintió extraño… Hasta ese día.
Cuando llegaron de la
escuela se encontraron con una sorpresa, papá había mandado por fin las
bicicletas nuevas que les prometiera en navidad, felices las tomaron y pidieron
permiso a mamá de montarlas e ir a dar la vuelta por el vecindario. Mamá
aceptó, aunque al mirarla para despedirse Souma noto que se veía triste, como
si hubiera llorado, más Ivy ya estaba afuera llamándolo y él la siguió.
Recorrieron todas las
calles del rededor de la casa y aún se aventuraron a ir más lejos de lo usual
emocionados por el nuevo juguete, la tarde cedía el paso a la noche cuando se
enfilaron de vuelta a casa, y entonces Souma lo sintió, frenó mirando al
rededor buscando esos ya conocidos ojos rojos entre los arbustos y el follaje
de los árboles al lado de la carretera. No pudo encontrarlos pero la presencia
de “eso” estaba ahí. Llamó a Ivy
instándola a que se apresurara a regresar so pretexto de llegara tiempo a
cenar.
Cual no sería su sorpresa
al ver el auto de papá estacionado afuera, se les hizo eterno tener que entrar
por el patio trasero a dejar las bicicletas, sólo las dejaron caer frente a la
puerta trasera y entraron ansiosamente a buscarlo. Souma supo que algo malo
pasaba, papá estaba sentado en el sofá con la cabeza entre las manos y mamá lo
observaba sentada frente a él. Ante ellos sobre la mesita del café, estaban sus
copas intactas, Ivy no observó nada de eso y se lanzó a los brazos de papá
quien la estrechó contra él del mismo modo en que lo había hecho cuando la
encontraron aquellas vacaciones cuando se extravió en el parque de diversiones.
Mamá miró a Souma y le
pidió que se acercara, él fingió que no notaba nada y la abrazó también. Papá
les platicó muchas cosas, Souma le preguntó como por casualidad por qué había
vuelto tan pronto de su viaje, mamá y él intercambiaron una mirada y mamá le
preguntó “¿Acaso no te da gusto que papá
esté de vuelta en casa?” y con eso evitaron responderle, lo mandaron a
lavarse las manos para cenar, pero Souma dejó a Ivy en el lavabo y regresó de
puntillas a la sala.
–
…no
podemos esconderlo – decía mamá al borde del llanto.
–
No tenemos
otra opción, nos iremos y jamás nos encontraran. Ya transferí todos los fondos a otro banco,
ellos no se darán cuenta hasta…
–
Hasta
Souma se ha dado cuenta que algo va mal.
–
Imposible
mujer, es solo un niño, simplemente nos ha notado un poco extraños… Al
principio les diremos que son vacaciones…
–
¿Cuándo
nos iremos?
–
Mañana a
primera hora.
–
Empacaré
inmediatamente después de cenar.
Souma no alcanzaba a
comprender en su totalidad… Si solo era un cambio de casa ¿Por qué no decirles?
Quizá era una sorpresa otra vez, como cuando se habían mudado a esta casa… Y un
poco más tranquilo, regresó al lado de Ivy a lavarse las manos para la cena.
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Continuará...
Pues por el momento me salté el Cap. I porque necesito hacerle unas correcciones ^^
ResponderEliminarPero pongo la primera parte del 2º
Morgan Bolgia,
Cambio y fuera