1969
El trabajo no era nada del
otro mundo, solo otro tipo más que había cometido la estupidez de robarle a la
mafia. Se acercó a la casa, era la típica casa de los suburbios, con jardín y
espacioso patio trasero, dos niveles, amplias ventanas…
Pero había algo en la
escena que le traía vagos recuerdos que sabía por alguna razón dolorosos y por
lo tanto trató de evadirlos, decidió entrar por el patio trasero dejando su
automóvil en la parte posterior del bloque de casas, verificó su arma,
silenciador y cargadores, todo en orden…
La casa se veía
inocentemente tranquila a la luz del atardecer. Las bicicletas de los niños
tiradas al descuido en el jardín trasero, una de niño y una de niña, alguno que
otro juguete olvidado también en la prisa por entrar a cenar, en su mente algo
se retorcía cada vez más causándole oleadas de dolor casi físico. Se descubrió
respirando agitadamente, llevándose una mano al pecho, ¿Qué diablos le estaba
pasando? Pero él era más fuerte que eso. Terminaría el trabajo.
Abrió cuidadosamente la
puerta de la cocina y esta vez no pudo evitarlo, se quedó de una pieza
contemplando el lugar por demás vacío… Era idéntico… Cual corriente liberada de
una presa, los recuerdos corrieron libres como una película, nítida en detalles…
Cayó de rodillas a la vez que una voz en su cabeza decía “Es hora, recuerda”
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